Semilla en la tierra

… y también porque el querer es temblar a veces.

   A veces tengo la sensación de haber errado en mi etapa de crecimiento. De ser una flor que creció en un cuerpo de cactus, repleto de espinas que hieren a aquellos que osan tocarme.

   No sé donde llegué a leer que siempre se puede volver a empezar de cero. Así empiezo yo de nuevo; desde el principio.

   Vuelvo a ser, esperando una mejor suerte, una semilla en la tierra.
 

El día que descubrí que me habían puesto los cuernos.

Escrito por: SISOR | Archivado en: Personal

Hoy estaba en la sauna, inmerso en mis pensamientos cuando me ha venido a la cabeza la historia de Marta, la única chica que me puso los cuernos. Mejor debería decir, la única chica que me puso los cuernos… y me enteré, porque estas cosas nunca se saben.

Hace tiempo os hablé de la historia de los 80 días. En mi adolescencia, tenía un temor irracional a besar los labios de una chica. No sé a raíz de qué, pero me temblaba todo el cuerpo solamente de pensar en el contacto con los labios femeninos. Pero bueno, para leer sobre ese tema mejor visitar el post de los 80 días.

A Marta la conocí por la calle, con los amigos. Supongo que como solía ocurrir siempre yo me lancé y luego nos presentamos todos. Antes de irnos cada uno a su casa la cogí y me la llevé a un lado. Ahí le pedí para salir, o para ser más precisos le pedí que fuera mi novia, algo que hoy en día no se estila pero que en aquellos años era la tendencia y el protocolo a seguir.

Tendríamos unos 15 años, supongo, y apenas nos acabábamos de conocer. Ella me dijo lo evidente, que casi no nos conocíamos. Yo le dije que a mí eso me daba igual, que ella me gustaba y que ya nos iríamos conociendo. Parece ser que yo a ella también le gustaba, ya que aún teniendo en cuenta el poco peso de mis argumentos, me dijo que sí.

Así es como empezamos a salir. Íbamos quedando y conociéndonos, pero de besos, nada de nada. Un día, en su casa, ella se duchó y yo esperé jugando con su ordenador, una reliquia de la época y un período en el que casi nadie tenía ordenador en casa. Por lo que yo, que ya ansiaba uno en mi vida, me embobaba delante de la pantalla viendo como los pocos colores de ésta me seducían como las luces de las tragaperras seducen a un ludópata. Ella salió de la ducha, con la bata medio abierta y el pelo empapado, largo y arremolinado por un lado de su todavía virginal cuello. Le eché un vistazo rápido y mi vista se perdió por la ranura de la bata entreabierta, pero mi única reacción fue seguir jugando al ordenador, esciéndome de la realidad, y dedicarle una paja cuando llegué a mi casa.

Esto pasó a los dos meses de relación, por llamarlo de alguna manera, y a los dos días apareció con un chupetón en su ya no tan virginal cuello, que parecía que le hubiesen extraído unos 10 litros de sangre. No me acuerdo que me dijo pero al principio me lo negó. Me contó algo tan absurdo que me molestó más el que me tomara por gilipollas que el hecho de que me hubiese puesto los cuernos. Al fin, después de ver que no había colado, me reconoció que se había visto con su ex, y que sin saber cómo, acabaron liados.

En su momento me enfadé mucho, e incluso es probable que llorase por el daño a mi honor. Pero hoy, en la sauna, me he reído pensando en lo imbécil que llegaba a ser de pequeño. Sólo de recordar aquel momento en su casa, y la absurda decisión que tomé (el ordenador antes que la chica), me ha hecho convencerme de que Marta tomó la decisión adecuada y yo no. Teníamos la edad, las circunstancias y todo a favor, pero yo no fui capaz de ponerle una mano encima.

Estoy convencido que mi decisión no fue tan drástica: o la chica o el ordenador. Supongo que en el fondo deseaba liarme con mi “novia” y a poder ser echar mi primer polvo. Pero mi timidez hacia las chicas me lo impidió, y no me quedó más remedio que camuflarme en el santuario que con el paso de los años se ha convertido casi exclusivamente en mi único amigo: El ordenador.

Un comentario para “El día que descubrí que me habían puesto los cuernos.”

  1. RuFo ha dicho:

    Ufff… con este tipo de relatos tan íntimos me siento un poco “voyeur”. Además indefectiblemente te hacen leerlos hasta el final. ¿Tengo algo malo doctor? ;-)
    Gran relato, Alex.

    [Ahora entiendo porque se venden revistas del corazón].

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