A veces tengo la sensación de haber errado en mi etapa de crecimiento. De ser una flor que creció en un cuerpo de cactus, repleto de espinas que hieren a aquellos que osan tocarme.
   No sé donde llegué a leer que siempre se puede volver a empezar de cero. Así empiezo yo de nuevo; desde el principio.
   Vuelvo a ser, esperando una mejor suerte, una semilla en la tierra.
Esta es la historia de un hombre de cristal que estaba muy triste.
Siempre había vivido en una caja de zapatos de cartón de color marrón oscuro. El destino había decidido que así fuese, hasta que llego un día que el hombrecito de cristal creció y pudo asomar su perfilada cabeza y divisar la grandeza del mundo opaco.
El hombrecito de cristal descubrió que todo eran mentiras.
Empezó a caminar con cuidado por la vida preocupado con no rozar cantos afilados. Pero siempre encontraba algo que lo dañaba, pues era sumamente frágil, demasiado delicado para el mundo que se abría ante sus dulces ojos de puros diamantes, probablemente la parte más dura de todo su vítreo cuerpo.
El pobre hombrecito de cristal era tan transparente que todo su interior era visible a las miradas crueles de los ojos opacos que lo juzgaban.
Las extrañas figuras opacas vestían todas disfraces que las hacían aún más opacas. Debajo de una piel, se encontraba otra. Y luego, otra. Así, hasta que llegó a la conclusión que la vida opaca era un juego muy difícil de jugar. Donde los dados rebotaban en obstáculos imaginarios y las casillas se desplazaban irracionalmente en un sinsentido.
Los años cada vez lo convierten en más y más transparente. Y no sabe si el camino correcto es empezar a vestirse con prendas opacas o seguir como hasta ahora, arañándose y quebrándose poco a poco hasta que su rasgado cuerpo se convierta en un cuerpo translúcido, un cuerpo que sin perder su esencia cristalina, dejé de mostrar su inocente interior.
El hombrecito de cristal está aterrado. Siente que en cualquier momento puede sentir un pinchazo, una rascada más fuerte de lo normal, que logre quebrar todo su delicado cuerpo.
- Mire, quisiera un café muy livianito. Muy muy poco café y todo lo demás agua.- Me dice la señora con grave acento argentino.
- Mmmmm, Ok. ¿Quiere comer alguna cosa?- Intento disimular la cara de asco cuando me piden estos cafés. Los considero horribles.
- Si, traígame unas magdalenas.
Así voy yo, a la velocidad de la luz a cumplir con mi difícil misión. Vacío una carga en el casquillo y vuelvo a dejar la mitad de la misma otra vez en el compartimiento del café molido. Con media carga tendrá más que suficiente.
Justo cuando empieza a caer, cuando se ha llenado un dedo y medio de esa sustancia oscura que está a medio camino entre café y agua, corto el suministro. El resto, lo lleno de agua de la cafetera.
El resultado es una cosa horrorosa. Sin crema del café, un pozo de agua oscura con una leve capa de espuma producido por el impacto del agua a presión sobre la taza. Me lo quedo mirando con pena, pero tiene que haber gustos para todo el mundo. Es el típico café que debería entregar con una indicación muy clara:
- El lavabo está al fondo a la izquierda.
Pero no lo hago, claro está. Se lo llevo junto a la magdalena y sigo con mi trabajo.
Al cabo de un rato me pide la cuenta y cuando se la llevo me dice.
- Estaba buenísimo. Mira que lo pido en muchos sitios y en ninguno me lo han sabido hacer así. ¿Como lo llaman aquí, para que me lo hagan igual que usted me lo hizo?
- ¿Esto? Pues yo lo conozco como ¡Una mierda de café!
La mujer se pone a reír y nos paramos unos minutos a hablar sobre cafés, adicciones y demás cosas que domino a la perfección.
Café con leche y magdalenas: 3,10 €
Me da un billete de 5 € y me dice:
- ¡Quédate con el cambio guapo!- Y me guiña un ojo…- Volveremos a vernos de nuevo para que me hagas "una mierda de café".
Lunes, martes y miércoles horario intensivo de ocho de la maña a ocho de la noche.
Al salir del curro, una ducha rápida, una cena aún más rápida y unos breves minutos para hacer un par de chutes en el PRO, unos "holas" en el messenger y algún que otro guiño a mi escasa vida social.
Pocas novedades pues, que pueda aportar de vuestro interés.
Esta mañana vi un ángel. Iba en un SuperKa negro. Un coche tan feo que sólo puede conducir una mujer. Es por eso por lo qué, cuando me he ido poniendo a su nivel, me ha sido inevitable girar el cuello para ver a su conductora imaginaria. Y no me he equivocado.
Llevaba un jersey de cuello alto excesivo para el tiempo caluroso que apremiaba. La mano la llevaba caída con gracia sobre su pierna derecha, cercana al innecesario cambio de marchas en un tramo embotellado de ronda matutina donde avanzar es casi un suplicio. Reduzco un poco más para ponerme a su velocidad y así observar mejor su precioso perfil a contraluz.
El sol ofrece la tonalidad deliciosa de la primera hora de un espléndido día. Y el brillo que desprende su liso pelo es digno de ser observado como una obra de arte en un museo. Liso, ordenado e ingrávido, se desprende lo justo por el rostro para no mostrar más que un breve detalle de su delicada nariz de porcelana.
Como si supiera las coordenadas exactas de esos ojos que la analizaban, la chica ha girado súbitamente la cara dejando a la suave contraluz del interior lo que me ha parecido el destello de un ángel. Un hermoso ángel de ojos verdes que al clavar su mirada en mi, ha causado un bloqueo general en casi todo mi organismo. He podido reaccionar a tiempo para evitar un patético accidente. He acelerado e intentado mantener el equilibrio mientras hacía todo lo posible por intentar olvidar esa mirada divina y cruel, ante la imposibilidad de poder poseerla y guardarla en el rinconcito que aguarda en mi corazón expectante.
¡Qué coche más feo, por Dios! ¡Y que mujer más bonita…!
Llego con una extraña sensación al trabajo. Por un lado estoy en "modo trabajo", donde me limito a trabajar y sobrevivir físicamente al día a día. Hoy he visto un ángel que me ha recordado que hace tiempo que tengo sensaciones enterradas, emociones mucho tiempo escondidas que están deseando salir a flote.
Hace ya mucho tiempo que pasó lo de Raquel y el tema ya está olvidado. Pero desde esa relación hace ya casi un año y medio, no he vuelto a tener ocasión de dar mi cariño a nadie.
¡Tengo ganas de follar! De sentir el cuerpo de una mujer entre mis brazos y los acelerados suspiros rítmicos en el lóbulo de la oreja. De acariciar sus pechos y mordisquear sus duros pezones. Quiero comer su sexo hasta casi quedarme sin aire. Quiero oírla gritar de placer. Necesito correrme dentro de ella y resbalar entre el sudor compartido entre las sábanas, con una explosión de júbilo necesaria, para terminar con un fuerte abrazo, un dulce beso en sus ojos cerrados y susurrar un sincero "te quiero".
Tengo ganas de querer y que me quieran.
Tengo ganas de saber que alguien está pensando en mi.
Tengo ganas de sentirme especial.
… y me acabaré yendo de putas para no volver a equivocarme.
En mi último post ocurrió algo que ya me había imaginado. Al descubrir a Najwajean, también descubrí que mucha gente tenía una cierta manía a Najwa Nimri, y en consecuencia, al grupo. Es algo que pienso no debería ocurrir. No podemos confundir a la persona con el artista.
El ejemplo más claro de gilipollas artista: Bunbury.
Una persona que exteriormente es todo arrogancia y que está colocado en miles de ocasiones. Capaz de dejar plantado al público de su ciudad natal en mitad de su penúltimo concierto. En definitiva, una persona que lo tiene todo para ser odiado, pero… musicalmente es un puto crack.
Pocos son los músicos que se pueden comparar a Bunbury. Ya no sólo por su trayectoria, si no por lo arriesgado de su proyecto. Lo tenía todo… pero quería más. Con los Héroes había llegado a la cima… ya sólo podía o estancarse, o caer. Y el último disco hacía más bien prever lo segundo. Así que arriesgó e hizo un cambio de rumbo radical, nunca mejor dicho con su primer trabajo en solitario "Radical Sonora". Para mi, una auténtica mierda salvo por dos o tres temas.
Luego, la cosa cambió. Fusionó estilos y cruzó culturas. Entrelazó religiones. Dejó de escribir palabras confusas y sin mucho sentido (algunas de las letras de los Héroes parecían escritas bajo les efectos de varias drogas simultáneas) para dedicarse a profundizar en cosas pequeñitas y gigantes que atravesamos todos.
Nadie lo puede discutir siquiera. Musicalmente, Bunbury está a otro nivel. A un nivel insultante para un país desvergonzado repletos de cantitos del loco y demás gilipollas. Lleno de payasos capaces de creerse músicos sin ni siquiera saber lo que es llorar al escuchar un blues. Lleno de gilipollas que hacen música para gilipollas.
Pero entre tanto gilipollas, siempre hay sitio para gente con talento.
No seré yo quién, recién descubierto a Najwajean, juzgue si tienen talento o no. No obstante, puedo decir que el tema que puse me parece genial, y que me importa una mierda si Najwa Nimri es idiota, se las come a pares o se dedica al narcotráfico. Personalmente su calidez me encanta, y la manera que tiene de tratar su voz me parece exquisita.
El problema viene cuando los prejuicios nos impiden disfrutar de la música.
Cuando descubrí Mika y reconocía que me gustaba, todos me soltaban lo mismo:
- ¿Te gusta ese maricón?
- ¡Pues si! ¡Y el maricón de Freddie Mercury también me gusta! ¡No te jode…!
¿Que pasa? ¿Que por ser maricón ya no se le puede escuchar? Joder tío, ni que se fuera a duchar contigo…
Otro caso de artista y gilipollas vendría a ser el caso de Michael Jackson. Un fenómeno desde pequeño. Un artista en mayúsculas que revolucionó el panorama de la música hasta convertirse en el rey indiscutible del pop. Hasta que por razones que no voy a entrar a discutir aquí… sufrió la transformación. Y no me refiero a Thriller…
Primero la transformación externa. Ese cambio de piel que NADIE entiende ni dónde, ni quién, ni porqué se hizo. Luego, las paranoïas de la mascarilla para pasear por la calle no sea que haya una pandemia y la vayamos a liar. Y por último, y no menos importante, el terrible caso de las acusaciones de abuso de menores. Yo, personalmente, creo que cuando el río suena… es que agua trae. Una cosa es una acusación, o dos… Pero tanto mamoneo a mi me da mucho mal rollo. Pero en fin, que me da igual. Que lo que no voy a hacer es dejar de escuchar la música de Michael Jackson por lo que haya hecho o vaya a hacer.
Una de las virtudes de la música es que queda. Los artistas, sus creadores, la palman como seres mortales que son, aunque muchos fans se empeñen en crear Dioses.
Me gustaría decirle a Van Morrison:
- ¡Vamos, Irlandés de mierda! Vámonos a tomarnos unos whiskys mientras me cuentas en qué cojones estabas pensando cuando escribiste Days Like This. ¿Fue tu carácter, verdad? Fue ese temperamento explosivo que tienes, ¿No? Estoy seguro de ello… ¡Menudo cabrón!