Podría haber sido un sueño cualquiera. El típico sueño del que sólo quedan retazos absurdos e incoherentes que no proporcionan absolutamente nada. Pero esta vez no ha sido así.
Me he despertado con una media sonrisa dibujada en la boca. Una media sonrisa de satisfacción por algo que había ocurrido en el sueño, así que he intentado recordar.
Sitúo el primer recuerdo nítido en una mesa baja que sólo podría definir como la clásica mesa japonesa que se alza a escasos centímetros del suelo. No soy capaz de concretar la compañía. Simplemente sé que una chica morena, delgada, alta y de grandes y redondos ojos negros está sentada a mi lado mientras escuchamos una conversación de alguien, supongo que otra pareja, que está sentada en frente nuestro.
De repente, la chica desliza su mano extremadamente larga y acaricia con exquisita suavidad el recorrido del antebrazo hasta acabar en la contra-palma de mi mano. Los movimientos son muy suaves y sin prestar mucha atención a ellos. Practica las caricias sobre mi piel sin levantar la vista apenas de los interlocutores a los que soy incapaz de prestar atención. Se ha creado una atmósfera de complicidad, un gesto de cariño que aparentemente nace en ese instante a escondidas de los ojos de los demás. No sé la relación que tenía antes de la caricia con esa chica, pero en ese instante todo mi organismo se ha bloqueado y ha dejado paso a una emoción descontrolada y que evidentemente no quiero controlar.
El sueño parece que se pierde. La habitación donde estábamos sentados desaparece y da paso a una calle por la que paseamos los dos. El sueño no se ha perdido del todo.
Nos vamos a introducir en una finca que conozco. Es la portería de mi amigo de la infancia Carlos, a quien hace años que no veo. Hay un portero que en la realidad no existe y me dice que tengo que darle unas llaves a una pareja para que vea un piso. Actualmente soy el presidente de mi comunidad, pero no sé exactamente que tiene eso que ver con esto.
Subimos al piso del que me acaban de entregar las llaves. Es pequeño, pero muy acogedor. Descubro los labios finos de mi acompañante. Extremadamente finos, de los que hay “que huir como un fugitivo“. En ese momento percibo el suculento aroma de su perfume y nos acercamos mirándonos fíjamente a los ojos. Durante un largo instante nos quedamos así, con nuestras bocas a escasos centímetros una de la otra y la respiración contenida en una pausa interminable. Entrelazamos nuestros dedos y con una enorme ternura nuestros labios entran en contacto. Un beso precioso, dulce, tierno, suave,… Sin lengua ni contenido erótico. Simplemente uno de los besos más bonitos que he dado en mi vida.
En ese momento la respiración me vuelve a faltar y el corazón se me acelera. Y me despierto.
El sueño me ha suministrado una dosis de una droga que necesitaba.
Si todos los sueños fuesen así…
