Hace dos días en mi bar:
- Hola, buenas tardes. ¿Que le pongo?
- Mire, quisiera un café muy livianito. Muy muy poco café y todo lo demás agua.- Me dice la señora con grave acento argentino.
- Mmmmm, Ok. ¿Quiere comer alguna cosa?- Intento disimular la cara de asco cuando me piden estos cafés. Los considero horribles.
- Si, traígame unas magdalenas.
Así voy yo, a la velocidad de la luz a cumplir con mi difícil misión. Vacío una carga en el casquillo y vuelvo a dejar la mitad de la misma otra vez en el compartimiento del café molido. Con media carga tendrá más que suficiente.
Justo cuando empieza a caer, cuando se ha llenado un dedo y medio de esa sustancia oscura que está a medio camino entre café y agua, corto el suministro. El resto, lo lleno de agua de la cafetera.
El resultado es una cosa horrorosa. Sin crema del café, un pozo de agua oscura con una leve capa de espuma producido por el impacto del agua a presión sobre la taza. Me lo quedo mirando con pena, pero tiene que haber gustos para todo el mundo. Es el típico café que debería entregar con una indicación muy clara:
- El lavabo está al fondo a la izquierda.
Pero no lo hago, claro está. Se lo llevo junto a la magdalena y sigo con mi trabajo.
Al cabo de un rato me pide la cuenta y cuando se la llevo me dice.
- Estaba buenísimo. Mira que lo pido en muchos sitios y en ninguno me lo han sabido hacer así. ¿Como lo llaman aquí, para que me lo hagan igual que usted me lo hizo?
- ¿Esto? Pues yo lo conozco como ¡Una mierda de café!
La mujer se pone a reír y nos paramos unos minutos a hablar sobre cafés, adicciones y demás cosas que domino a la perfección.
Café con leche y magdalenas: 3,10 €
Me da un billete de 5 € y me dice:
- ¡Quédate con el cambio guapo!- Y me guiña un ojo…- Volveremos a vernos de nuevo para que me hagas "una mierda de café".
- Ya sabes donde estoy.