Hoy nos vamos con un poco de literatura.
El texto que pongo a continuación pertenece a un cuento de Guy de Maupassant (1850-1893) titulado ¿Él? y me ha hecho reflexionar sobre algo importante. Luego lo comento.
Mi querido amigo, ¿no entiendes nada? Lo concibo. ¿Crees que me volví loco? Acaso lo esté un poco, pero no por las razones que supones.
Si. Me caso. Ahí tienes.
Y, sin embargo, mis ideas y convicciones no han cambiado. Considero una tontería el ayuntamiento legal. Estoy seguro de que ocho maridos de cada diez son cornudos. Y no merecen otra cosa por haber cometido la imbecibilidad de encadenar su vida, de renunciar al amor libre, única cosa alegre y buena en el mundo, de cortar las alas a la fantasía que nos empuja sin cesar hacia todas las mujeres, etc., etc. Me siento más incapaz que nunca de amar a una mujer, porque siempre amaré demasiado a todas las demás. Quisiera tener mil brazos, mil labios, y mil… temperamentos para poder abrazar al mismo tiempo a un ejército de esos seres encantadores y sin importancia.
Y, sin embargo, me caso.
Agrego que apenas conozco a mi esposa de mañana. La he visto solamente cuatro o cinco veces. Sé que no me desagrada; y eso me basta para lo que quiero hacer con ella. Es bajita, rubia y regordeta. Pasado mañana, desearé ardientemente una mujer alta, morena y esbelta.
No es rica. Pertenece a una familia media. Es una joven como se encuentran a miles, buenas para casarse, sin cualidades ni defectos aparentes, entre la burguesía normal. Se dice de ella: “La señorita Lajolle es muy graciosa.” Mañana dirán: “La señora Raymon es encantadora.” Pertenece, por último, a esa legión de jovencitas honestas “que pueden labrar la felicidad de un hombre” hasta el día en que uno descubre que prefiere justamente todas las demás mujeres a la que ha escogido.
Entonces, ¿por qué casarme?, dirás.
Apenas me atrevo a confesarte la extraña e inverosímil razón que me impulsa a este acto insensato.
¡Me caso para no estar solo!
No sé como decirlo, cómo hacerme entender. Te compadecerás de mí, y me despreciarás, pues mi estado de ánimo es miserable.
No quiero volver a estar solo, de noche. Quiero sentir un ser a mi lado, pegado a mí, un ser que pueda hablar, decir algo, lo que sea.
Quiero poder interrumpir su sueño; hacerle bruscamente una pregunta cualquiera, una pregunta estúpida para oír una voz, para sentir habitada mi casa, para sentir un alma despierta, un razonamiento trabajando, para ver, al encender bruscamente mi vela, una figura humana a mi lado… porque… (no me atrevo a confesar esta vergüenza), porque tengo miedo a estar solo.
¡Oh!, aún no me comprendes.
No tengo miedo a un peligro. Si entrase un hombre, lo mataría sin pestañear. No tengo miedo a los aparecidos; no creo en lo sobrenatural. No tengo miedo a los muertos; creo en la aniquilación definitiva de cada ser que desaparece.
¡Entonces!…, sí. ¡Entonces!… ¡Pues bien: tengo miedo de mí! Tengo miedo del miedo; miedo de los espasmos de mi espíritu que se aterra, miedo de esta horrible sensación del terror incomprensible.
…
A partir de aquí, el autor describe una sensación temerosa hacia una figura que en su casa se presenta. Es una aparición que le aterra. Son unas páginas que, aún estando muy lejanas al estilo del maestro Edgar A. Poe, consiguen inquietar e introducirnos en una oscura atmósfera.
No sabemos qué es exactamente lo que ve. Pero nos asusta y nos conmueve, para finalizar el relato de esta manera.
…
Me obsesionaba, es una locura, pero es así. ¿Quién, Él? Sé perfectamente que no existe, ¡Que no es nada! Sólo existe en mi aprensión, en mi temor, en mi angustia. ¡Vamos! ¡Basta!…
Sí, pero por mucho que me razone, me endurezca, no puedo quedarme solo en casa, porque está allí. No lo veré más, lo sé, no se volverá a mostrar, eso se acabó. Pero está de todos modos, en mi pensamiento. Es invisible, pero eso no impide que esté. Está detrás de las puertas, en el armario cerrado, debajo de la cama, si ilumino los rincones, las sombras, él no está; pero entonces lo siento a mis espaldas. Me vuelvo, aunque seguro de que no lo veré, de que ya no lo veré. Pero no deja de estar a mis espaldas, empero.
Es estúpido, pero es atroz. ¿Qué quieres? No puedo hacer nada.
Pero si en mi casa estuviéramos dos, lo siento, sí, lo siento con certeza, ¡ya no estaría él! Pues está allí porque estoy solo, ¡únicamente porque estoy solo!
Hace unas semanas precisamente estaba pensando en la soledad en términos sociales. Parece que esté mal visto estar solo. Un amigo me decía por teléfono -”Sácate una novia a ver si sientas la cabeza.”- Ah, pero… ¿Es necesario tener novia para centrarse en este mundo?
La soledad muchas veces nos aterra. Nos aterra por miles de cosas, pero principalmente porque nos han enseñado a que la vida debe ser así. El soltero es un triunfador hasta que llega esa edad preocupante en la que pasa a ser un marginado o inadaptado que no ha conseguido encontrar a nadie con quién compartir su vida.
Vamos a intentar llegar un poco más allá. Si razonamos que el hombre es el único animal monógamo, condición autoimpuesta por la religión principalmente, y que con el paso de los años el amor desaparece (podéis decir misa, que después sólo queda un inmenso cariño)… ¿Cuales son los motivos, a parte de los que la condición familiar nos obliga, que nos hace necesitar tener una pareja?
¿Es quizá el miedo a morir solo? ¿No se puede disfrutar de la amistad para compartir esos momentos de confidencias y seguir a la aventura jugando a ser coquetos toda la vida? Claro, que hay una edad en que el cuerpo ya no está para coqueterías…
No sé, creo que es un tema que puede dar chicha.
¿Que pensáis sobre la soledad? ¿Está bien visto estar solo en estos tiempos que corren? ¿Porqué las parejas cada vez se rompen con mayor facilidad? ¿No será que se están dando cuenta que los pilares religioso-sociales sobre los que se apoyaban moralmente la familia son inaceptables? Machismo, individualismo, sexualidad reprimida, libertad reducida…